Derrida – en torno a khôra
«siempre se trata de cercar la palabra ausente, de dejarla resonar como en el hueco de una campana, haciendo vacío en el centro del espacio a ella reservado, sin escribir nunca, jamás pronunciar lo que se os obliga sin embargo a escuchar, en una escena o en otra, y que desde entonces, por no estar dominada en un acto, golpea mucho más fuerte. Lo que se reconoce en los efectos.»
J. Derrida, Glas, (París, 1974), p. 147b (la traducción es mía).
A partir de una breve reflexión sobre el texto “Khôra” de J. Derrida, propongo a continuación un recorrido a través de ciertos puntos clave en el pensamiento de dicho autor que, a la manera de “La farmacia de Platón”, se cruzará en diversos lugares con una serie de palabras griegas de la misma familia. El objetivo es, en primer lugar, encuadrar la preferencia del filósofo griego por dicha palabra para denominar algo inexpresable e infigurable y, en segundo lugar, resaltar de modo no exhaustivo la importancia de algo como khôra en la producción de Derrida, así como la de ámbitos no estrictamente filosóficos, e incluso, así lo espero, actitudes y relaciones que no son fáciles de detectar en su texto, a menudo tan elíptico.
Para aquellos que no hayan leído el texto referido de Derrida ni tampoco el Timeo, espero que este artículo les sirva de introducción y de estímulo para ello. Tan sólo pediré a tales lectores que retengan un par de datos: el diálogo platónico (en las páginas que siguen a 48e) llama khôra a un “tercer género” que no sería ni el del modelo inteligible ni el de la copia sensible, pero que es el lugar y/o la materia necesarios para que esas copias de los modelos existan de alguna manera. De este modo, por un lado es la responsable de tanto de haya copia como de su imperfección, de la diferencia entre lo sensible y lo inteligible. Por otra parte, si la khôra no es ninguna de las copias de los modelos, no queda claro cómo podemos conocerla: no es en sí sensible, pero tampoco inteligible… Platón dice que sólo es aprehensible conforme a un «razonamiento bastardo». Y aunque se afirma que debemos reservarle siempre el mismo nombre, no sabemos cómo un nombre o un concepto, tan siquiera una imagen, podrían reflejarla con mínima fidelidad. Es decir, sería tan inaprehensible como infigurable.
El tímpano y el logocentrismo.
Al encontrarnos con la palabra khôra (traducido como “lugar”, “medio espacial”, etc.) en el Timeo de Platón podemos estar tentados de suponer que designa un objeto como otro cualquiera: sería entonces un “algo” sobre el que podríamos hablar, supuestamente, como de otro cualquiera y con una objetividad suficiente. Pero, por el mismo texto del autor, enseguida descubrimos, que a ese pretendido objeto-khôra se lo caracteriza como algo que se resiste a ser pensado “rectamente”, y que sólo podemos designarlo de una manera impropia. En el trabajo de Derrida se trata de poner en relación dicha palabra con el lugar que ocupa en una red de referencias intratextuales que pueden leerse en dicho diálogo (en el orden que pretende el autor y en otro u otros diferentes) para aclarar, en suma, la impropiedad obligada de la referencia a aquello que desde el principio se pretende reflejar en el discurso pero salvando de él la resistencia que lo referido le ofrece al lenguaje.
Se trata por tanto de trabajar con una estructura hasta llegar a un punto en el que se anulen las diferencias que la sostienen, para destacar la oblicuidad de la relación entre los dos elementos de cada dicotomía: en este caso, definidor y definido. Más que una relación, más que una referencia, o menos más bien, lo que Derrida lee por tanto en dicha palabra (significante)-«khôra» es la finta de una “puerta falsa” que mostraría en su inscripción la pretensión de interiorizar y apropiarse lo que haya siempre excedido el platonismo, y que, por excederlo, ya adivinamos que está como presupuesto en el impulso de su disposición original. Situándose ese exceso en el límite de lo decible por cualquier discurso platónico, se da sin embargo el hecho de que dentro de un discurso y un diálogo particulares, de sus relaciones discursivas y textuales, se puede llegar a un punto de inflexión que reenvía (sin una intervención directa de los autores: ni de Platón ni de su comentador) hacia la irreductible condición de la posibilidad y de la finitud de todo texto, de toda definición en base a una red de diferencias. Lo llamamos aquí khôra, es verdad, pero también podríamos hacerlo de otras muchas maneras sin faltar al rigor que le corresponde.
Entre otras cosas, cwvra significa en griego medio espacial, espacio intermedio, intervalo, hiato: aquello de lo que podríamos decir que “rige” en el pensamiento de Derrida la escritura, en su inscripción y desplazamientos propios, en sus estructuras de iterabilidad y su citacionalidad. Así define, de forma sumaria y simplificada, la escritura en “Firma, acontecimiento, contexto”: «Este espacio general es inicialmente el espaciamiento como disrupción de la presencia en la marcha, lo que yo llamo aquí la escritura»[1].
Más tarde veremos cómo la inscripción «différance» — ese anacoluto en el que se detienen la mano y el ojo pero en principio no se detiene el discurso hablado — constituye una novedad para el texto de filosofía y no se reduce a un simple error o a una extravagancia. Ahora, respecto de la pretensión (que para Derrida constituye la filosofía) de apropiarse de algo que no puede simplificarse para que quede reflejado por completo en un discurso, podemos recordar lo dicho en Tímpano a propósito de la filosofía, de la cual el Timeo no es quizá un ejemplo cualquiera: «La filosofía siempre se ha atenido a esto: pensar su otro. Su otro: lo que limita y de lo que deriva su definición, su producción.»[2]
Tímpano representa una pluralidad irreductible, una diseminación de elementos significados que, girando en torno a conceptos y enunciados filosóficos, no son sustentados por ellos. Sin ser ni un concepto ni una cosa, y ni siquiera una palabra con un sentido recto, reinscribe en la filosofía lo que la excede, aquello sobre lo cuál ha pasado el filósofo para permitirse el no escucharlo. Estructura anatómica del oído o de los órganos genitales, superficie cabecera de una puerta superior a su dintel, o vano simulado en un muro, tela de un tambor sobre la que se percute, instrumento mecánico de aprovechamiento centrípeto de la fuerza del agua, bastidor que tiende una tela de sujeción necesaria para la impresión del texto por una de sus caras: con todos estos sentidos, y sólo son algunos, aparece la palabra tímpano, en función de su contexto... Pero en el texto de Derrida se comunican entre sí, ya que viene a desestabilizar las atribuciones de un espacio restringido para los diferentes discursos: estas atribuciones son las que acomete la filosofía para salvarse como el discurso principal que a su vez salva la verdad de todos los demás.
Es hablando de los tímpanos de impresión cuando Derrida cita la palabra «khôra»[3] para denunciar la ilusión que sostiene la apariencia de la verdad, la apariencia y la verdad: el texto filosófico no se inscribe como si él fuese el primero y el último, como si sólo se refiriese a sí mismo, puesto que su lugar de inscripción y lectura es la multiplicidad misma de los textos en su heterogeneidad.
Ese pensamiento llamado filosofía que lo etiqueta todo con “conceptos claros” para dominar todo lo posible, se atiene en realidad a una alteridad laberíntica, indefinible desde un discurso, insondable, que no deja de ser reducida y rechazada, anulada o sometida en el texto filosófico. Pero esta operación tiene lugar en base a la ficción de un centro o un origen (sea la subjetividad o la Idea) que en realidad no permanece inalterado al ejercer un poder organizador: ésta sería la tesis de Derrida. La voz, de una materialidad menos aparente que la escritura, le sirve por tanto al filósofo para sustentar esa ficción, para escucharse a sí mismo y decirse la alteridad. Pero esta operación nunca renuncia a perpetuar su fruto indemne, como por casualidad, en una tarea algo menos noble: escribir, constituir un archivo. Y por lo tanto, nunca se libra de que sobre ese texto, que frunce su ceño ante el extraño, la alteridad insondable deje unas marcas: a este hecho lo llamaremos efecto-khôra (piénsese en cómo utiliza Derrida “trópica”, en algunos de sus textos). Esas marcas pueden ser reconocidas y reescritas como en sentido inverso al movimiento que pretende imprimir intencionalmente el filósofo, para abrir el espacio de una nueva lectura, y la deconstrucción es precisamente este haz de actividades llevados a cabo en una estructura inmóvil que ya no reconoce el movimiento que le dio origen.
Vemos cómo tiene relación la filosofía con sus modos de expresión, lo cual revela que no es banal analizar y comentar los textos que forman su tradición. Pero esto no es lo único que podemos leer en Derrida: si critica este privilegio no revisado de la voz sobre la escritura no debemos extrañarnos de que uno de sus textos más interesantes se llame precisamente Tímpano, ya que así revierte la filosofía al mostrar hasta qué punto está sujeta a una estructura anatómica (la del oído humano) de la cual se considera independiente. El privilegio de la fonación frente a la escritura pasa por alto la verdadera forma de percibir la voz: es menos “limpia” de lo que se cree, pues cuenta con un sistema laberíntico de recepción, un mecanismo dislocado de percusión y, lo que más nos importa aquí, una membrana vestíbular, y oblicua, que separa el adentro del afuera, amortigua y equilibra los sonidos que vienen del exterior. Por tanto, Derrida no derroca el trono de la voz para coronar en él la escritura, sino que más bien intenta cambiar el concepto y la práctica tanto de la una como de la otra.
Después veremos cómo la filosofía, la política y la religión se relacionan paradójicamente entre sí al constituirse todas ellas como lugares estancos en la producción de una frontera que las separa de su exterior. Podemos por el momento ofrecer una imagen arquitectónica[4] que caracterice el trabajo y la economía que logran mantener, con cierto gasto, un orden interior y una frontera, pues tímpano es aquello tras lo cual, en el vestíbulo de la Iglesia, hay quien todavía se santigua, hace el gesto de un santo y seña, es decir, un «schibboleth» con el que muestra su adherencia a un espacio y a una comunidad, a una fe pero también a un saber.
Definamos brevemente la condición propia del logocentrismo: la voz que permite oírse al que habla intenta reafirmarse en su hermana bastarda, la escritura. Y esta es precisamente la condición necesaria de toda filosofía, de su herencia y permanencia, desde Platón a Hegel, pasando por Rousseau. Por mucho que ésta diga explicar y abarcar la realidad entera, sin esta posición e imposición, sin este sometimiento arbitrario y parcial, no hay aprendizaje ni pensamiento filosóficos, no hay un corpus que podamos llamar filosofía. Pero esta posibilidad de la filosofía es también la posibilidad de que sobre sus textos podamos adoptar una estrategia deconstructiva.
Citando otra vez a Derrida, digamos que el «texto escrito de la filosofía (en sus libros esta vez) desborda y hace reventar su sentido»[5], pudiendo ser aquí «sentido» el de la propia filosofía, el de su texto o el de la lógica del margen que aquélla enuncia y supone y de la que Derrida acaba de hablar unas líneas más arriba. «Desborda y hace reventar: por una parte obliga a contar en su margen más y menos de lo que se cree decir o leer, rompimiento que tiene que ver con la estructura de la marca (...); por otra parte, disloca el cuerpo mismo de los enunciados en su pretensión a la rigidez unívoca o la polisemia regulada. Vano abierto a un doble acuerdo que no forma un solo sistema.»[6] Sobre el pensamiento del tímpano que «estalla o se injerta», sobre khôra no hay verdad porque aún se trata del movimiento que la funda y puede conmoverla. Aún no (o ya no) hay verdad porque estamos en el umbral de la verdad.
Como un parche que, bien colocado en un texto, pudiese tapar el agujero al que necesariamente refiere (al referir la realidad), «khôra» es una inscripción que, “bien” interpretada, es la clave que sostiene la construcción del Timeo. Pero también es un elemento extraño dentro de esa construcción, ambiguo, y que, al ser interpretado en todas las formas posibles que se nos dan a leer, hace que el texto se disuelva en la multiplicidad inagotable de la realidad de la que parte. La deconstrucción es así un movimiento que aspira a la vivencia de un puro acontecer a través de la alteración de los hábitos de lectura. Más tarde veremos cómo ese trabajo con velos, injertos y puertas de entrada (con el tímpano, sin duda) puede realizarse en torno a otra inscripción: «Dios».
[1] “Firma, acontecimiento, contexto”, en Derrida, J., Márgenes de la filosofía, (Madrid, 1998), p. 369.
[2] “Tímpano”, ibid., p. 17-18.
[3] Cf. ibid., p. 34.
[4] Destaquemos, de pasada, que la arquitectura es un terreno donde la deconstrucción ha supuesto un movimiento de cierta importancia. La imagen propuesta no sería por tanto inocente, ni por supuesto una imagen cualquiera.
[5] Ibid., p. 30.
[6] Ibid., p. 30-31.

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